miércoles, 15 de abril de 2026

Cuando la formación académica desplaza a los saberes culturales en las convocatorias


En el análisis de los resultados de la convocatoria de CulturES en el área de artes plásticas, se observa un hecho que abre una discusión de fondo sobre el sentido mismo de la figura de “cultor” y los criterios de selección que se están aplicando en la práctica.

Los perfiles de las personas ganadoras muestran una alta formación académica y una trayectoria sólida dentro del campo institucional del arte. Se trata de profesionales con licenciaturas en artes visuales, diseño gráfico, maestrías en estudios sociales y políticos, experiencia en gestión sociocultural, investigación, pedagogía y desarrollo de proyectos de arte público. En términos de competencia técnica y conceptual, son perfiles claramente consolidados dentro del sistema artístico formal.

Sin embargo, este resultado también deja ver una tensión que no puede pasarse por alto. La convocatoria contemplaba la existencia de categorías diferenciadas, entre ellas una categoría B orientada a reconocer trayectorias emergentes o saberes no necesariamente mediados por títulos universitarios, incluyendo experiencias formativas desde la práctica cultural y comunitaria. En teoría, este enfoque buscaba ampliar el espectro de participación y dar cabida a otras formas de conocimiento cultural.

Pero aquí es donde aparece una realidad que muchas veces no se nombra con suficiente claridad: el tipo de cultor que trabaja en los barrios y territorios no responde a la lógica del currículum académico. Es la persona que ha aprendido su oficio en el hacer cotidiano, en la transmisión oral, en la práctica constante, en el trabajo con niños, jóvenes o vecinos en procesos artísticos que no siempre quedan registrados en portafolios formales. Es quien organiza talleres en una casa, en una esquina, en una cancha, quien sostiene procesos culturales durante años sin contratos estables, muchas veces sin pago o con remuneraciones mínimas.

Ese cultor construye tejido social, forma generaciones, mantiene vivas prácticas culturales y crea espacios de encuentro donde el arte no es un proyecto puntual, sino una forma de vida. Su conocimiento no está certificado por una universidad, pero está validado por la comunidad que lo reconoce, lo busca y participa en sus procesos.

Sin embargo, cuando entran en juego los recursos públicos, esta experiencia acumulada no siempre logra traducirse en los lenguajes que exigen las convocatorias: formulación técnica de proyectos, marcos conceptuales, indicadores, soportes verificables. Allí es donde se produce una brecha estructural. Mientras el cultor comunitario trabaja desde la práctica viva, el sistema evalúa desde la lógica documental.

El resultado es predecible: quienes tienen formación académica, manejo de la escritura técnica y experiencia en formulación de proyectos tienen mayores posibilidades de acceder a los estímulos. No necesariamente porque su trabajo sea más valioso en el territorio, sino porque logran ajustarse mejor a los criterios de evaluación establecidos.

Por eso, el hecho de que en artes plásticas no haya ganadores en categoría B no es un dato menor. Es una señal de que los mecanismos de acceso no están logrando equilibrar esa desigualdad de origen. En la práctica, se termina favoreciendo a quienes ya tienen herramientas institucionales, mientras que los cultores de base —aquellos que sostienen procesos culturales en condiciones precarias— quedan nuevamente por fuera.

No se trata de oponer lo académico a lo comunitario, sino de reconocer que existen formas distintas de producción de conocimiento y de práctica cultural. El problema surge cuando una de esas formas se convierte en el filtro dominante para acceder a lo público.

La discusión de fondo entonces no es quién merece o no un estímulo, sino si el diseño de las convocatorias está realmente reconociendo la diversidad de trayectorias culturales o si, por el contrario, está reproduciendo una exclusión silenciosa. Porque mientras el cultor del barrio sigue trabajando, muchas veces sin recursos, los fondos públicos terminan concentrándose en quienes saben cómo navegar el sistema.

Ahí es donde la política cultural tiene un desafío pendiente: cerrar esa brecha entre el saber vivido y el saber certificado, para que el acceso a los recursos no dependa únicamente de la capacidad de escribir un proyecto, sino también de la capacidad de sostener cultura en el territorio.


*Link noticia de referencia:



Por: Luz Marina Gómez Fries

Consejera de Artes Plásticas y Visuales

Consejo Distrital de Cultura de Santiago de Cali

Voces y Miradas sobre las Artes Plásticas y Visuales en Cali

https://luzdelmarconsejeradecultura.blogspot.com/

Asociación de Artistas Plásticos Creativos de Cali

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