Por estos días, el debate sobre los murales en Santiago de Cali ha dejado de ser únicamente una discusión sobre pintura en paredes. Lo que realmente está en disputa es algo más profundo: quién tiene derecho a narrar la ciudad y qué voces pueden permanecer visibles en el espacio público.
Las ciudades hablan. Hablan a través de sus plazas, de sus monumentos, de sus edificios y también de sus muros. En Cali, durante décadas, las paredes se convirtieron en una especie de archivo popular donde quedaron registradas memorias barriales, denuncias sociales, homenajes a víctimas, expresiones juveniles y relatos que muchas veces no encontraron lugar en los discursos oficiales.
Por eso, cuando un mural desaparece cubierto de gris, no solamente se borra una imagen. También se interrumpe una conversación colectiva sobre la ciudad que somos y la ciudad que queremos ser.
El arte urbano en Cali nunca ha surgido desde la comodidad institucional. Ha nacido principalmente desde los barrios, desde procesos autogestionados y desde jóvenes que encontraron en el aerosol, el color y la imagen una forma de existir públicamente en medio de profundas desigualdades sociales. Muchos muralistas trabajan en condiciones económicas precarias, financiando materiales con esfuerzos propios o con pequeños apoyos comunitarios. Aun así, continúan creando porque entienden el arte como una forma de memoria y de presencia.
En los últimos meses, la discusión alrededor de las sanciones y restricciones a los murales ha abierto otro debate menos visible pero igualmente importante: el de quién decide qué expresiones artísticas son aceptables en el espacio público.
La existencia de mecanismos de regulación urbana no es, en sí misma, el problema. Toda ciudad necesita normas de convivencia y acuerdos colectivos sobre el uso de sus espacios comunes. La pregunta aparece cuando esos mecanismos terminan concentrando las decisiones culturales en sectores institucionales y administrativos, mientras las voces independientes, comunitarias o críticas tienen una participación limitada dentro de esos procesos.
El debate alrededor del Comité de Arte Público ha puesto precisamente esa discusión sobre la mesa. Diversos sectores culturales han cuestionado si la composición actual de estas instancias representa realmente la diversidad artística y social de Cali o si, por el contrario, responde principalmente a visiones institucionales, empresariales y políticas sobre cómo debe verse la ciudad.
Y allí aparece un tema de fondo: el arte público no es neutral. Nunca lo ha sido.
Toda ciudad construye una narrativa visual sobre sí misma. Algunas memorias se exaltan, otras se invisibilizan. Algunos discursos son considerados “orden”, mientras otros son señalados como “molestos”, “incómodos” o “inapropiados”. En esa disputa simbólica, los murales suelen ocupar un lugar incómodo porque permiten que sectores populares, jóvenes y colectivos sociales intervengan directamente el paisaje urbano sin pasar necesariamente por los filtros tradicionales del poder cultural.
Quizás por eso el muralismo genera tantas tensiones. Porque rompe la idea de que la ciudad solamente puede ser diseñada desde arriba. Los muros intervenidos recuerdan que también existe una ciudadanía que piensa, critica, denuncia y crea desde abajo.
En una ciudad atravesada históricamente por violencias, desigualdades y exclusiones, el arte urbano ha cumplido además una función profundamente humana: transformar el dolor en imagen y convertir la memoria en algo visible. Muchos murales en Cali no nacieron para decorar. Nacieron para recordar.
Recordar líderes asesinados. Recordar víctimas. Recordar luchas sociales. Recordar comunidades históricamente silenciadas.
Por eso preocupa que el debate actual termine reduciendo toda expresión muralista a una discusión meramente policiva o administrativa. Cuando el arte público se analiza únicamente desde la lógica del control y la sanción, se pierde de vista su dimensión cultural, simbólica y democrática.
Las grandes ciudades del mundo han entendido que el arte urbano también puede ser patrimonio vivo, identidad contemporánea y participación ciudadana. No porque todo deba permitirse sin discusión, sino porque las ciudades democráticas necesitan espacios donde la ciudadanía pueda expresarse incluso de manera incómoda o crítica.
Cali enfrenta hoy una discusión que va mucho más allá de los permisos o las multas. Lo que está en juego es el modelo cultural de ciudad que queremos construir: una ciudad donde el espacio público sea únicamente un territorio controlado desde la institucionalidad o una ciudad donde también exista lugar para las memorias populares, las voces juveniles y las expresiones artísticas nacidas desde la comunidad.
Al final, los muros terminan revelando algo esencial: una ciudad no se define solamente por aquello que decide mostrar, sino también por aquello que decide borrar.
Declaración del Consejo Distrital de Cultura en defensa del arte urbano:
Por: Luz Marina Gómez Fríes
Consejera de Artes Plásticas y Visuales
Consejo Distrital de Cultura de Santiago de Cali
Voces y Miradas sobre las Artes Plásticas y Visuales en Cali
https://luzdelmarconsejeradecultura.blogspot.com/
mayo 29, 2026






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